
Hoy he acudido junto con mis compañeros profesores a visitar el nuevo instituto – todavía en obras - donde comenzaremos las clases durante la próxima semana.
Dejando de lado el lamentable estado del edificio –que a cinco días de su “puesta en funcionamiento” es un continuo barullo de tareas inacabadas, instalaciones a medio colocar y toneladas de polvo – no deja de sorprender que en este país las cosas siempre se hagan de la misma forma: deprisa, al final y mal. Que yo sepa Burriana, la población donde vivo y trabajo, lleva años solicitando nuevas instalaciones educativas… ¿a qué viene este interés por iniciar el curso en un centro que todavía no reúne las condiciones necesarias? ¿Existe algún motivo político oculto o es que nos gusta trabajar a destajo? En todo caso, no es éste el motivo del presente artículo.
Veréis, la directora del centro nos había citado a primera hora de la mañana en el hall del edificio y, como buenos profesionales, hemos acudido ansiosos a saborear los entresijos del "caramelo" en el cual impartiremos nuestras lecciones. Imaginad la estampa: cien profesores apretujados entre escaleras, obreros, pintores, personal de limpieza, chapistas, alicatadores… en fin: gente que hacía su trabajo y que nos miraban como extraterrestres (más de uno se habrá reído ante la idea de comenzar el curso en unos cuantos días)
Pues bien: peleándose con unos cables de luz, escondido entre un par de pilastras, se encontraba el bueno de David, amigo mío desde la infancia, electricista de profesión y reciente padre de familia. Como no podía ser de otra forma me he separado del grupo y he estado charlando un buen rato con él. Los dos hemos recordado tiempos lejanos, cuando éramos estudiantes… ¡cómo pasan los años! ¡la de vueltas que da la vida! Nos hemos alegrado mucho de la coincidencia, en serio, pero al final me he incorporado de nuevo al resto de profesores y… ¡zas! Ahí estaba esperándome, de bruces, la realidad. En forma de una de mis compañeras de mayor edad –responsable de un área científica.
La susodicha se ha acercado a mí con bastante estilo, demostrando seguridad y confianza, dominando la situación y haciendo gala de todos sus años de experiencia con cada nuevo taconeo. Es una de esas "instituciones ambulantes" que han dado clase a varias generaciones de alumnos, ¿sabéis? Pura pata negra.
Pues bien: Sin preguntar siquiera mi nombre, la venerable señorona me ha reprendido por mi actitud “amigable” con un “paleta”, es decir, un “trabajador sin cualificar”. Obviamente yo me he quedado de piedra al excuchar su reproche (máxime cuando ha recordado que yo era un “profesor” y que, tras explicarle que David era amigo mío de toda la vida, ha soltado una frase lapidaria: “la vida pone a cada cual en su sitio”)
Huelga decir que la situación me ha indignado bastante, así que, sin perder la compostura, le he comentado que además de profesor también trabajo como camarero en el restaurante familiar siempre que hace falta.
¿Sabéis que ha dicho ella?
“La educación ya no es lo que era.”
PD. El cuadro que acompaña este post es un detalle de la “Extracción de la piedra de la locura”, pintado por Ieronimus Bosch (El Bosco) hacia 1475. Se conserva en el Museo del Prado y refleja lo que he sentido esta mañana…