
Sorprende descubrir cómo trata el mundo de la Educación Secundaria a la obra de René Goscinny (a los guiones) y Albert Uderzo (en los lápices) Por regla general tiende a menospreciarla, arrinconando toda su riqueza a un estante perdido de la bibloteca del centro educativo. Toda una pena, ¿verdad?
Pues bien, este fenómeno, ya de por si sopresivo ( resulta alucinante para los aficionados al cómic en general) llega al esperpento cuando los mismos profesores que glosan los parabienes de las Aventuras de Astérix, Obelix y compañía (evocando los múltiples álbumes que componen la colección como una dichosa lectura de la infancia) son incapaces de otra cosa que ofrecerlos “como entretenimiento” para los alumnos castigados o aquellos que necesitan refuerzos académicos.
Es obvio que en el fondo del asunto subyace un desprecio y un desconocimiento del medio, tan atroz en el profesorado de Educación Secundaria que sólo si nos ponemos en el papel de uno de esos profesionales “de toda la vida” podemos atisbar siquiera un pequeño encuadre de la situación. Cuando hace tres o cuatro años empecé a dedicarme a la enseñanza pensaba que muchas de las barreras a las que me había enfrentado como alumno estaban ya solventadas. Y una de ellas era el peso de los cómics como fuente de recursos didácticos para el aula. Es muy descorazonador proponer la lectura de algún tebeo en cualquier reunión de departamento (o incluso en los corrillos a la hora del almuerzo) y descubrir que ninguno de tus compañeros te toma en serio.
Pero debemos perseverar, sobretodo en casos como el que nos ocupa. Yo creo que los guiones de Albert Goscinny deberían cursar como currículum oficial en cualquier asignatura del ámbito humanístico. No es una opinión disparatada, ni mucho menos: puedo corroborarla en base a gran cantidad de argumentos, pero me centraré solamente en dos, que por añadidura son los más considerados por parte de los lectores de la serie.
1. Las aventuras de Astérix suponen una de las mejores formas que cualquier adolescente puede encontrar para adentrarse en el mundo de la antigüedad. Dejando de lado los clichés y los geniales gags ideados por ese geniecillo francés que nos abandonó en 1977, las tramas de la serie son arrebatadoras y vienen acompañadas por un magnífico dibujo, preñado de referencias y erudición.
2. Las aventuras de Astérix pueden englobarse en dos grandes bloques: aquellos álbumes centrados en los viajes de los dos personajes protagonistas allende la Terra Incognita (donde Goscinny, siempre ojo avizor, sorprende por su agudeza) y aquellos centrados en las aventuras que se suceden en el irreductible poblado galo. Por curioso que pueda parecer, creo que la verdadera fuerza, en cuanto a su aplicación en el aula se refiere, de la serie, se encuentra en este bloque, pues es donde los autores construyen las tramas más divertidas e interesantes para lo que nos ocupa como educadores.
Y es que, en la delirante Galia romanizada de Astérix puede suceder cualquier cosa. Y sin salir de casa. Todos los personajes que pululan por la aldea tienen su personalidad, un rol característico perfectamente definido. Y sus autores saben jugar como nadie con las tramas que les proponen. A lo largo de álbumes como “Obélix y compañía”, “La residencia de los Dioses”, “El adivino”, “La cizaña” o “El regalo del César” asistimos perplejos a un recorrido por los lados más ambiguos de la psique humana, explicitados de forma tremendamente sencilla para cualquier chaval de 12 o 14 años.
En ocasiones el universo de la serie se transforma en una magnífica lección de economía, en otras asistimos a un canto ecológico difícil de igualar. Aprendemos a desconfiar de las supercherías, se nos parte el corazón al descubrir cómo el pueblo se va al garete por culpa de las envidias… Fenómenos muy humanos que entroncan directamente con la educación emocional de nuestros alumnos.
Por todos estos motivos (y muchos que se me escapan) reivindico la lectura generalizada de Astérix. Pocas veces el medio ha ofrecido tantas cosas, a cambio de tan poco.