A colación de la entrada anterior he recordado uno de los momentos más surrealistas de mi (todavía corta, que no soy Rafa Marín...) carrera como docente.
Veréis: Cuando realicé la excursión a la Valltorta acudimos al paraje con un grupo de chavales de Primero de ESO (esto es, 12-13 años) Como la plataforma desde la cual se observan las pinturas rupestres es demasiado pequeña, mi compañero Juan y yo decidimos partir el grupo en dos. El primero en subir fui yo. Me llevé a unos 15 chavales atentos a las explicaciones del guía. En mi caso, al conocer prácticamente todo lo que tenía que decirnos, decidí perderme en la inmensidad del paisaje: que si los pinos, que si la garriga, que si el meandro que se dibuja en el fondo del barranco, que si las cabras montesas que asoman diminutas por entre los cascotes... y allí en la distancia, como a cien metros de nosotros, mi compañero con cara de susto porque unos cuantos chavales se han asomado al precipicio y nos saludan desde los más de cincuenta metros que caen en el vacío.
Ni que decir tiene: me cagué patas abajo, pero también alabé la habilidad de Juan para llevarlos de vuelta al redil sin más complicaciones. En ese momento pensé que todo había acabado.
De vuelta a la zona de espera, tras saludar a mi compi y comentar la jugada, se me ocurre contar a los alumnos para ver si faltaba alguien. Uno de los chavales no aparece. Creo oír su voz entre los matorrales: Está cantando la canción de Bob Esponja a grito pelado. Lo que veo cuando llego a su lado me hiela la sangre.
El muy inconsciente se encuentra saltando encima de una piedra al ritmo de los versos. No se ha dado cuenta, pero justo a su espalda amenaza la caída vertical. Algunos de los muchachos de Juan señalan horrorizado desde la distancia... y el bueno de vuestro profesor novato se queda blanco, paralizado. Menos mal que el shock dura un suspiro.
Inmediatamente agarro al chaval por la pierna y lo tiro al suelo arrastrándolo entre pataleos. Grita, se enfada y me insulta porque no entiende mi reacción (yo tampoco entiendo la suya) Le aviso del peligro que corría y dice que no es para tanto. Asegura que cuando llegue a casa le contará todo lo sucedido a sus padres. Advierte que vendrán a hablar conmigo para pedirme explicaciones por su ropa manchada y la magulladura en las rodillas. Yo tiemblo como un colegial y me entristezco por lo injusta que es la vida. En el caso de hablar con sus viejos, espero convencerles con mi versión.
Lo que viene a continuación es pura especulación a tenor de los resultados. Supongo que el chaval debió llegar a casa y les comentó a sus padres todo lo sucedido. Ellos nunca llegaron a ponerse en contacto conmigo. Un par de días mas tarde, cuando me vuelvo a su hijo topar en clase, fulanito sigue cabreado porque "encima" de la vergüenza que le hice pasar, lo han castigado "por mi culpa".
martes 12 de abril de 2011
Cómics en la historia 01: La cova dels cavalls
Traiguera-Chert (Castellón) 10.000 a.C
Ya lo decía Aristóteles: Somos animales sociales, necesitamos a los otros para existir.
Mucho tiempo antes de que estagirita iluminase a los alumnos del Liceo habían maestros que compartían su sabiduría bajo la luz de la luna, desde el calor de una hoguera, en la oscuridad de la noche, cuando la tribu nómada se reunía para reposar las hazañas y curar las desdichas de la jornada.
Era ese el momento del día en que los rituales y las historias se hacían potentes, cobraban vida. El momento en que los espectadores reflexionaban sobre sus actos y aprendían de sus errores gracias a la sabiduría consuetudinaria, al acervo colectivo de sus ancestros, sublimado en los cuentos que contaba el chamán. No se si la vida por aquel entonces, hace la friolera de 12000 años, era más fácil. No se si la gente era más feliz o si sus rutinas diarias les atenazaban como a nosotros. Eso si: estoy completamente suguro de que todo era mucho más sencillo.
Del mismo modo, supongo que en algún momento uno de estos cazadores/recolectores primitivos debió desarrollar sensibilidades artísticas y (como uno de nuestros alumnos cuando se aburre en clase y comienza a dibujar batallitas en hojas sueltas de la libreta) decidió plasmar cuál era su estilo de vida por medio de pinturas reflejadas en roca, situadas en abrigos inaccesibles con clara intencionalidad ritual.
El caso que nos ocupa se encuentra situado en uno de estos parajes: El barranco de la Valltorta (Castellón) Se accede a él por una vaguada situada tras el precipicio, con la cañada por donde circula la caza cerca de 50 metros más abajo. La vista desde ahí arriba es expectacular, no sorprende que los antiguos habitantes decidieran otorgar al lugar de una especial simbología.
Sin embargo, acaparan nuestra atención otro tipo de detalles: Los ciervos, los caballos, los cazadores, las danzas, los uros, los arcos, las flechas... Es sencillo hacerse una idea acerca de los métodos que utilizaban sus pintores para atraer a las piezas. Podemos otear incluso la especial relación que mantenían con el medio ambiente y rastrear rasgos antropológicos similares a los de otros pueblos primitivos. Todo ello de una manera tan sencilla como pasmosa. Los hombres de la prehistoria carecían de alfabetos escritos, siquiera cuneiformes. En su interés por pasar a la posteridad y reflejar los entresijos de su estilo de vida no les quedó otra que dibujar cómics.
Estuve en la zona con alumnos de Primero de ESO hará cosa de dos años y les propuse una actividad interesante. Todos sabemos lo dificil que es mantener la atención de los chavales (y mucho más en un entorno tan sublime como el Barranco de la Valltorta), así que los senté a todos ante la reproducción a escala real que se encuentra situada en el Centro de Interpretación y les pedí que describieran en sus libretas lo que veían allí.
Curiosamente la mayoría de ellos optó por contar una historia en la que los cazadores se apostaban en las alturas, acorralaban a los ciervos y repartían sus trofeos entre la tribu. Había quien se detenía en detalles como el tipo de armamento, lo estilizado de las figuras (donde aparecen hombres y mujeres realizando actividades muy parecidas) e incluso la presencia de especies animales que ya no se pueden encontrar en la península ibérica (a todos les impresionó el caso de los uros, esos bueyes henchidos con enormes cornamentas)
Dos jornadas más tarde, ya en el aula, realicé con ellos otro ejercicio, esta vez con tintes hermenéuticos. Traté de que se situasen en el lugar de un chaval que comienza a iniciarse en los secretos de la caza, un chaval que vivió en la Valltorta hace 10000 años. Les propuse la creación de una especie de guía que explicase cómo proceder, cómo convertirse en un guerrero hábil y fuerte. Aqui la respuesta de los diferentes grupos donde llevé a cabo la experiencia fue unánime: todos dibujaron un cómic, prueba más que suficiente para demostrar que las propiedades didácticas de la narrativa gráfica llevan entre nosotros desde mucho antes del nacimiento de los tebeos modernos.
El solar system entrega 01
Tras esta nueva entrega continuaremos con El feudalismo en cómic, que está pensada para segundo de ESO y supuso muy buenos momentos el años pasado.
viernes 8 de abril de 2011
Mi viernes
Desde que trabajo el Torrevieja, localidad donde tengo mi destino definitivo, los viernes ya no son lo que eran. La culpa hay que buscarla en los 317 kilómetros que me chupo todas las semanas para volver a casa los fines de semana.
Como este año doy clases en el Bachillerato Nocturno salgo del IES bastante tarde (a eso de las 23.15) y suelo plantarme en casa pasadas las dos de la mañana. El camino es aburrido, monótono. Siempre voy a rebufo de algún camión que no me deja adelantar,algún gilipollas al volante que se cree el dueño de la carretera y una interminable línea discontinua que me hace recordar dos películas: Sangre Fácil (de los hermanos Coen) y En la boca del miedo (del siempre infravalorado John Carpenter)
Eso si, lejos de lo que pueda aparecer, el trayecto tiene sus alicientes. Suelo pararme a mitad del viaje, en el área de servicio de La Font de la Figuera, lugar que conserva todo el sabor añejo de antaño, cuando los bares de carretera eran bares de carretera, no sucursales de alguna franquicia. Pasada medianoche aquello rebosa de noctámbulos: camioneros de todas las nacionalidades, abueletes perdidos, viajeros como yo, parejas de guardias civiles y algún que otro delincuente. Todos tratamos de arrimar algo caliente en el estómago para espabilarnos un poco y seguir con la noche.
La música también se torna especial a esas horas de la madrugada. Todo lo que suena en el Iphone tiene visos de road movie, desde Jack Johnson hasta los Black Keys. Siguiendo consejos de un buen amigo que se ha tirado trabajando mientras la ciudad duerme durante muchos años, he empezado a escuchar podcast a mansalva. Algunos son muy buenos para no dormirse, supongo que el próximo paso será buscar un buen programa de radio.
El maletero lo llevo lleno de ropa sucia, ordenadores, apuntes, blocs de dibujo y los imprescindibles triángulos de señalización de peligro. En el asiento de atrás, cubierto con una mantita y anclado por un arnés para perros, duerme Lomper. Suelo bajar el volumen de los altavoces de vez en cuando para concentrarme en sus ronquidos. En ocasiones vuelvo la mano atrás y le rasco la cabecita para no sentirme tan solo.
Luego está la llegada a casa. Nada más dejar la autovía mi compañero de fatigas se despierta. Nota que nos aproximamos a casa. El momento en que bajo y abro la puerta del garaje es lo más emocionante de la semana.
Por unas horas me olvido de que repetiré el viaje tres días más tarde.
Como este año doy clases en el Bachillerato Nocturno salgo del IES bastante tarde (a eso de las 23.15) y suelo plantarme en casa pasadas las dos de la mañana. El camino es aburrido, monótono. Siempre voy a rebufo de algún camión que no me deja adelantar,algún gilipollas al volante que se cree el dueño de la carretera y una interminable línea discontinua que me hace recordar dos películas: Sangre Fácil (de los hermanos Coen) y En la boca del miedo (del siempre infravalorado John Carpenter)
Eso si, lejos de lo que pueda aparecer, el trayecto tiene sus alicientes. Suelo pararme a mitad del viaje, en el área de servicio de La Font de la Figuera, lugar que conserva todo el sabor añejo de antaño, cuando los bares de carretera eran bares de carretera, no sucursales de alguna franquicia. Pasada medianoche aquello rebosa de noctámbulos: camioneros de todas las nacionalidades, abueletes perdidos, viajeros como yo, parejas de guardias civiles y algún que otro delincuente. Todos tratamos de arrimar algo caliente en el estómago para espabilarnos un poco y seguir con la noche.
La música también se torna especial a esas horas de la madrugada. Todo lo que suena en el Iphone tiene visos de road movie, desde Jack Johnson hasta los Black Keys. Siguiendo consejos de un buen amigo que se ha tirado trabajando mientras la ciudad duerme durante muchos años, he empezado a escuchar podcast a mansalva. Algunos son muy buenos para no dormirse, supongo que el próximo paso será buscar un buen programa de radio.
El maletero lo llevo lleno de ropa sucia, ordenadores, apuntes, blocs de dibujo y los imprescindibles triángulos de señalización de peligro. En el asiento de atrás, cubierto con una mantita y anclado por un arnés para perros, duerme Lomper. Suelo bajar el volumen de los altavoces de vez en cuando para concentrarme en sus ronquidos. En ocasiones vuelvo la mano atrás y le rasco la cabecita para no sentirme tan solo.
Luego está la llegada a casa. Nada más dejar la autovía mi compañero de fatigas se despierta. Nota que nos aproximamos a casa. El momento en que bajo y abro la puerta del garaje es lo más emocionante de la semana.
Por unas horas me olvido de que repetiré el viaje tres días más tarde.
Educando con Rumiko Takahashi
Los profesores que amamos el cómic tenemos un problema con los chavales a la hora de transmitirles nuestra pasión: No entendemos su lenguaje, nos cuesta ponernos en su lugar. Muchas veces recordamos cómo eramos nosotros entonces (¡con 14 años!) y lo mucho que disfrutábamos leyendo las aventuras de Tintín, los álbumes de Astérix y las grandes sagas de Marvel y DC. Queremos que ellos experimenten ese despertar emocional aportando herramientas que funcionaron muy bien hace mucho tiempo, en una galaxia muy lejana.
Y es que, siendo sinceros, si le endoso a un chaval de la ESO todos los libros de Blake y Mortimer y le digo que disfrute con ellos, arqueará la mirada cuando me largue complacido por lo que acabo de hacer. Acto seguido arrancará las páginas de los tomos, las chafará con sus botas de fútbol, las rociará con gasolina, las encenderá con un mechero... y subirá su hazaña a alguna red social para vanagloriarse de lo cretino que llega a ser su profesor.
Curiosamente, ese mismo chaval estará dispuesto a zamparse los 24 tomos que componen la edición española de Ranma 1/2 sin rechistar. Será capaz de insuflarse por vía intravenosa todo Full Metal Alchemist, todo Dragon Ball y por supuesto: todo Naruto (serie que a mi siempre me ha parecido un "quiero y no puedo" en comparación con Toriyama, Manabe y compañía) Reconozcamos las cosas de una vez por todas. A la hora de leer cómics los chavales hablan en japonés. Nuestra tarea como docentes consiste en aprovecharnos de ello.
Para el adulto menos puesto en este tipo de lides los tebeos japoneses son algo así como armas que carga el diablo, es decir: ultraviolencia y sexo extremo disfrazado en caritas inocentes y niñas con minifalda. Más de uno se santiguará cuando ve a un chaval devorar un Manga y tapará los ojos de sus retoños para que no se contaminen con ellos.
Bien, tal como yo veo la mayoría de estas personas obran así porque observan sus imágenes desde su perspectiva occidental, es decir: ni siquiera alcanzan a comprender la importancia que tienen las viñetas en la cultura nipona, las diferencias en cuanto a onomatopeyas, representaciones de estados de ánimo, tratamientos de las tramas, niveles de violencia, sangre, sexo, vísceras y destrucción. De hecho, pienso que no llegan a plantearse nada de nada: Los Mangas son perniciosos para la juventud, ¿dónde está el doctor Wertham cuando se le necesita?
Pongamos cada cosa en su sitio... la misma civilización que disfruta creando monstruos cinematográficos capaces de destrozar ciudades ha dado una lección al mundo en cuanto a civismo y gestión de catástrofes naturales. Los mismos japoneses que leen tebeos donde la hemoglobina se confunde con prácticas sadomasoquistas y perrerías, los mismos que se emocionan como viejos verdes al contemplar unas braguitas de HelloKitty (y lo representan con personajes a los que les sangra la nariz), poseen una de las tasas de criminalidad más bajas del mundo. Digo yo que deben ser inmunes a la influencia maligna de los Manga, ¿no?
El tema daría para muchos artículos e iremos desgranándolo por aquí con parsimonia, como bien saben los que se enfrascan en la lectura de esas gigantescas sagas japonesas llenas de páginas y páginas. Sin embargo, puestos a elegir un comienzo, vamos a hablar de la llamada Reina del manga, es decir Rumiko Takahashi, creadora de personajes tan populares como los que pululan por Lamu, Maison Ikkoku, Inuyasha (su obra más reciente) y ese genial universo que puebla las páginas de Ranma 1/2 (su mayor aportación al cómic para quien suscribe y de la que hablaremos a continuación)
Dejando de lado el resto de las series y, sobre todo, las historias cortas que nos regala de vez en cuando, donde la autora coquetea con multitud de géneros (ciencia ficción, terror, fantasía, realismo mágico...) unidos por un denominador común (el sentimiento de los lectores), Ranma 1/2 supone una imposible mezcla de surrealismo, folletín, comedia de situación y tebeo de artes marciales. Los personajes más desquiciados pueblan sus páginas, empezando por el propio protagonista y la maldición que le atenaza (la cual no vamos a destripar aquí por si todavía hay alguien que no conoce la serie)
Partiendo de esta premisa la pequeña Rumiko dibuja un entramado de relaciones basadas en bipolaridades: amistad y rivalidad, familia y desarraigo, sumisión y superación. En el universo lleno de matices que nos propone (donde todos los personajes vienen dotados con una ambivalencia acorde a la propuesta de la serie), sólo uno de los protagonistas es capaz de mantener la compostura y permanecer estático, como una especie de veleta que guía al espectador. Curiosamente se trata de un personaje dotado de inocencia, buenos sentimientos, honestidad, sufrimiento y nobleza, incapaz de otra cosa que enamorar al lector. Estoy hablando, evidentemente, de Akane Tendo, la partenaire del protagonista.
A lo largo de las páginas de Ranma 1/2 asistimos a un magistral despliegue de las pasiones humanas más sublimes y más bajas, pero contrariamente al hilo conductor que suele poblar los Manga (donde la historia tiene un principio y un final), Rumiko opta por dividir su obra en episodios autoconclusivos plagados de gags que en su mayoría funcionan por acumulación. En este sentido, siempre he pensado que existen muchos paralelismos entre los casos de Mortadelo y Filemón y los diferentes combates a los que se enfrenta el protagonista (más estrambóticos en cada entrega) Dicha premisa argumental es repetitiva, pero siempre encierra una enseñanza moral basada en la superación, en el esfuerzo, en obrar correctamente, etc. Aquí es donde nos interesa la serie como recurso didáctico dentro del aula.
Y es que, por muy absurdas que nos parezcan las peleas, por muy rocambolescas que resulten las tramas, por muy ambiguos que sean los personajes (me quedo con el maestro Happosai), la caligrafía de Ranma 1/2 está trazada con letra tan fina que a muchos se les escapa. La obra de Rumiko, como la inmensa cantidad de las series Manga, habla de valores muy positivos para nuestro alumnado (aunque en ocasiones su lenguaje resulte desconcertante a los profesores menos avezados) Ranma se supera a si mismo tras vencer a enemigos cada vez más fuertes. La dificultad de la ESO aumenta curso tras curso. Akane es incapaz de definir sus sentimientos hacia el protagonista. Nuestros alumnos sufren como diablillos cuando alguien les destripa una notita repartida en clase. Los enemigos de Ranma siempre entrañan alguna historia turbia y triste en su pasado. Los compañeros de aula siempre cuentan con un contexto muy diferente al nuestro...
Hagan caso de mi recomendación: no demonicen a sus alumnos porque lean Mangas, animen su lectura. Tarde o temprano les picará el gusanillo y saltarán a otros medios, otras clases de cómic, otros tipos de literatura. Con los tebeos japoneses se planta una semilla muy importante. Depende en buena parte de nuestros cuidados que llegue a convertirse en toda una planta.
Y es que, siendo sinceros, si le endoso a un chaval de la ESO todos los libros de Blake y Mortimer y le digo que disfrute con ellos, arqueará la mirada cuando me largue complacido por lo que acabo de hacer. Acto seguido arrancará las páginas de los tomos, las chafará con sus botas de fútbol, las rociará con gasolina, las encenderá con un mechero... y subirá su hazaña a alguna red social para vanagloriarse de lo cretino que llega a ser su profesor.
Curiosamente, ese mismo chaval estará dispuesto a zamparse los 24 tomos que componen la edición española de Ranma 1/2 sin rechistar. Será capaz de insuflarse por vía intravenosa todo Full Metal Alchemist, todo Dragon Ball y por supuesto: todo Naruto (serie que a mi siempre me ha parecido un "quiero y no puedo" en comparación con Toriyama, Manabe y compañía) Reconozcamos las cosas de una vez por todas. A la hora de leer cómics los chavales hablan en japonés. Nuestra tarea como docentes consiste en aprovecharnos de ello.
Para el adulto menos puesto en este tipo de lides los tebeos japoneses son algo así como armas que carga el diablo, es decir: ultraviolencia y sexo extremo disfrazado en caritas inocentes y niñas con minifalda. Más de uno se santiguará cuando ve a un chaval devorar un Manga y tapará los ojos de sus retoños para que no se contaminen con ellos.
Bien, tal como yo veo la mayoría de estas personas obran así porque observan sus imágenes desde su perspectiva occidental, es decir: ni siquiera alcanzan a comprender la importancia que tienen las viñetas en la cultura nipona, las diferencias en cuanto a onomatopeyas, representaciones de estados de ánimo, tratamientos de las tramas, niveles de violencia, sangre, sexo, vísceras y destrucción. De hecho, pienso que no llegan a plantearse nada de nada: Los Mangas son perniciosos para la juventud, ¿dónde está el doctor Wertham cuando se le necesita?
Pongamos cada cosa en su sitio... la misma civilización que disfruta creando monstruos cinematográficos capaces de destrozar ciudades ha dado una lección al mundo en cuanto a civismo y gestión de catástrofes naturales. Los mismos japoneses que leen tebeos donde la hemoglobina se confunde con prácticas sadomasoquistas y perrerías, los mismos que se emocionan como viejos verdes al contemplar unas braguitas de HelloKitty (y lo representan con personajes a los que les sangra la nariz), poseen una de las tasas de criminalidad más bajas del mundo. Digo yo que deben ser inmunes a la influencia maligna de los Manga, ¿no?
El tema daría para muchos artículos e iremos desgranándolo por aquí con parsimonia, como bien saben los que se enfrascan en la lectura de esas gigantescas sagas japonesas llenas de páginas y páginas. Sin embargo, puestos a elegir un comienzo, vamos a hablar de la llamada Reina del manga, es decir Rumiko Takahashi, creadora de personajes tan populares como los que pululan por Lamu, Maison Ikkoku, Inuyasha (su obra más reciente) y ese genial universo que puebla las páginas de Ranma 1/2 (su mayor aportación al cómic para quien suscribe y de la que hablaremos a continuación)
Dejando de lado el resto de las series y, sobre todo, las historias cortas que nos regala de vez en cuando, donde la autora coquetea con multitud de géneros (ciencia ficción, terror, fantasía, realismo mágico...) unidos por un denominador común (el sentimiento de los lectores), Ranma 1/2 supone una imposible mezcla de surrealismo, folletín, comedia de situación y tebeo de artes marciales. Los personajes más desquiciados pueblan sus páginas, empezando por el propio protagonista y la maldición que le atenaza (la cual no vamos a destripar aquí por si todavía hay alguien que no conoce la serie)
Partiendo de esta premisa la pequeña Rumiko dibuja un entramado de relaciones basadas en bipolaridades: amistad y rivalidad, familia y desarraigo, sumisión y superación. En el universo lleno de matices que nos propone (donde todos los personajes vienen dotados con una ambivalencia acorde a la propuesta de la serie), sólo uno de los protagonistas es capaz de mantener la compostura y permanecer estático, como una especie de veleta que guía al espectador. Curiosamente se trata de un personaje dotado de inocencia, buenos sentimientos, honestidad, sufrimiento y nobleza, incapaz de otra cosa que enamorar al lector. Estoy hablando, evidentemente, de Akane Tendo, la partenaire del protagonista.
A lo largo de las páginas de Ranma 1/2 asistimos a un magistral despliegue de las pasiones humanas más sublimes y más bajas, pero contrariamente al hilo conductor que suele poblar los Manga (donde la historia tiene un principio y un final), Rumiko opta por dividir su obra en episodios autoconclusivos plagados de gags que en su mayoría funcionan por acumulación. En este sentido, siempre he pensado que existen muchos paralelismos entre los casos de Mortadelo y Filemón y los diferentes combates a los que se enfrenta el protagonista (más estrambóticos en cada entrega) Dicha premisa argumental es repetitiva, pero siempre encierra una enseñanza moral basada en la superación, en el esfuerzo, en obrar correctamente, etc. Aquí es donde nos interesa la serie como recurso didáctico dentro del aula.
Y es que, por muy absurdas que nos parezcan las peleas, por muy rocambolescas que resulten las tramas, por muy ambiguos que sean los personajes (me quedo con el maestro Happosai), la caligrafía de Ranma 1/2 está trazada con letra tan fina que a muchos se les escapa. La obra de Rumiko, como la inmensa cantidad de las series Manga, habla de valores muy positivos para nuestro alumnado (aunque en ocasiones su lenguaje resulte desconcertante a los profesores menos avezados) Ranma se supera a si mismo tras vencer a enemigos cada vez más fuertes. La dificultad de la ESO aumenta curso tras curso. Akane es incapaz de definir sus sentimientos hacia el protagonista. Nuestros alumnos sufren como diablillos cuando alguien les destripa una notita repartida en clase. Los enemigos de Ranma siempre entrañan alguna historia turbia y triste en su pasado. Los compañeros de aula siempre cuentan con un contexto muy diferente al nuestro...
Hagan caso de mi recomendación: no demonicen a sus alumnos porque lean Mangas, animen su lectura. Tarde o temprano les picará el gusanillo y saltarán a otros medios, otras clases de cómic, otros tipos de literatura. Con los tebeos japoneses se planta una semilla muy importante. Depende en buena parte de nuestros cuidados que llegue a convertirse en toda una planta.
jueves 7 de abril de 2011
Persépolis
Os presento a dos chicas de la misma edad. La de la izquierda se llama Marjane y vive en Teherán. Su mundo es color gris, no entiende porqué la obligan a llevar un pañuelo en el pelo y no le dejan depilarse las piernas, escuchar cintas de Iron Maiden y expresar sus sentimientos. La de la derecha es la Jenny y estudia Segundo de ESO. Se trata de una una chica normal, adora a Justin Bieber, le encanta Gran Hermano y disfruta haciéndose fotos en el baño, adoptando poses adultas con los labios pintados. Hoy las dos se han conocido en clase de Educación para la ciudadanía.
A estas alturas resulta redundante glosar los parabienes de la archiconocida obra de Marjane Satrapi, pero para un chaval de 13 años significa todo un descubrimiento, dejémonos de perjuicios: Ni se asusta por el blanco y negro de sus imágenes, ni se pierde en las tramas más complicadas de la historia de Irán. Persépolis es una película estupenda para programar en el aula porque dibuja una historia universal, donde lo de menos son los detalles y el sufrimiento de su propia protagonista. Antes de comenzar con ella he tratado de preparar al alumnado explicando grosso modo la trama: que si Irán vivía una dictadura, que si experimentó una revolución, que si luego la situación se recrudeció con el integrismo religioso... Para mi sorpresa, en este momento ha habido un chaval (no precisamente el mejorcito de la clase) que conocía la anécdota de Ana Pastor y Mahmud Amadineyád.
Como bien comentaba mi compañero Pepe Tello a colación de la película, en ocasiones los profesores subestimamos a los críos que tenemos delante. Los alumnos constituyen un público crítico, inteligente y sincero. Saben apreciar las buenas historias, por adultas y complicadas que nos resulten a nosotros. Persépolis es un ejemplo estupendo de todo esto.
De hecho, su proyección en el aula (que he planteado en tres sesiones, con un debate final) ha supuesto toda una sorpresa. Os animo a probarla en vuestros centros.
A estas alturas resulta redundante glosar los parabienes de la archiconocida obra de Marjane Satrapi, pero para un chaval de 13 años significa todo un descubrimiento, dejémonos de perjuicios: Ni se asusta por el blanco y negro de sus imágenes, ni se pierde en las tramas más complicadas de la historia de Irán. Persépolis es una película estupenda para programar en el aula porque dibuja una historia universal, donde lo de menos son los detalles y el sufrimiento de su propia protagonista. Antes de comenzar con ella he tratado de preparar al alumnado explicando grosso modo la trama: que si Irán vivía una dictadura, que si experimentó una revolución, que si luego la situación se recrudeció con el integrismo religioso... Para mi sorpresa, en este momento ha habido un chaval (no precisamente el mejorcito de la clase) que conocía la anécdota de Ana Pastor y Mahmud Amadineyád.
Como bien comentaba mi compañero Pepe Tello a colación de la película, en ocasiones los profesores subestimamos a los críos que tenemos delante. Los alumnos constituyen un público crítico, inteligente y sincero. Saben apreciar las buenas historias, por adultas y complicadas que nos resulten a nosotros. Persépolis es un ejemplo estupendo de todo esto.
De hecho, su proyección en el aula (que he planteado en tres sesiones, con un debate final) ha supuesto toda una sorpresa. Os animo a probarla en vuestros centros.
Del dibujante frustrado al profesor realizado
Nunca antes había tenido experiencia docente. Mi vida, a los 33 años, se encontraba decantada hacia el mundo de la ilustración y el diseño gráfico, donde había hecho mis pinitos publicando y colaborando en medios provinciales, trabajando como freelance, creando mis propios cómics, etc. Bien sabido es que tales actividades, lejos de ser alimenticias, se nutren de un hálito vocacional que, hasta el día en que puse el pie por primera vez dentro de un aula, había considerado exclusivo, privativo de mi condición de dibujante frustrado.
Tampoco pretendo dar pie a malentendidos, por supuesto. Había tenido la oportunidad de asistir a alguna clase en materia de docente: las prácticas del Curso de Aptitud Pedagógica, alguna que otra lección magistral en especialidades que no eran la mía (y de las cuales guardo un grandísimo recuerdo) Sin embargo, el 17 de septiembre de 2008 era diferente.
Por primera vez la responsabilidad de lo que sucediese allí dentro, al cruzar la puerta, iba a ser cosa mía. Por primera vez no dependía de los consejos de otro profesor para entretener a las bestias. Por primera vez no me situaba ante ellos, ante aquellos chavales que me miraban como buitrillos esperando a que espiche el ganado, con explicaciones folclóricas y extraescolares que guardasen más similitudes con mi labor dibujante que con la epistemología aristotélica. Es cierto que había realizado alguna charla acerca de los parabienes del cómic ante espectadores de lo más variopinto, pero nunca antes el peso de una asignatura tan importante como las ciencias sociales había estado entre mis manos.
Supongo que todos los docentes hemos experimentado algo así, ¿verdad? La primera vez en que impartimos nuestra materia, nuestra primera jornada laboral como maestros, como profesores. El primer (y desafortunado) grupo al que dirigimos nuestro magisterio con la voz entrecortada y un lenguaje corporal que solo transmite inexperencia. Soy incapaz de recordar cómo entré en aquel sitio, sólo se que se trataba de un Tercero de ESO y que debía introducirles los prolegómenos de la Geografía Física que íbamos a ver durante todo el curso: Titánica gesta para alguien que nunca en su vida había hablado a los adolescentes desde una posición de autoridad moral.
Imaginen ustedes el sudor frío.
Imaginen ustedes unos cuantos segundos de impasse en los que no sucede nada de nada.
Imaginen ustedes que, tras pasar lista, mirar con asombro compartido a la unidad SPV y al libro de texto, asomase de repente un explorador decimonónico por la puerta del aula, ataviado con una nutrida colección de mapas, levita estrecha y salacot. El susodicho acapara al momento toda la atención de los presentes (incluída la mía). Con una excelente combinación entre didáctica y amenidad explica a los chavales la diferencia entre sincronía y diacronía, les narra la evolución que ha experimentado la Geografía desde que el bueno de Herodoto describió las extrañas costumbres de los persas.
De hecho, el sabio de Halicarnaso no tarda en aparecer por ahí para refrendar todo lo que se viene diciendo sobre sus historias. Es un tipo simpático, entrado en arrugas y con cara de busto clásico. Viene embutido con una toga, sin ropa interior por debajo. Se sienta ante la clase y tarda poco en ceder la palabra a los geógrafos romanos, a los cartógrafos musulmanes y al inventor del astrolabio. En el transcurso de los cuarenta minutos que restan para que finalice la sesión han ido desfilando Humboldt y Ritter, una pirámide de población con forma de urna, la madre naturaleza (cabreada con los seres humanos, como siempre) y hasta un astronauta que toma fotos por satélite, allí en la International Space Station, y saluda con la mano cuando su órbita se sitúa por encima del aula.
En ese momento suena el timbre y miro a mi alrededor. Los chavales abandonan su sitio para acudir a otras asignaturas y vuelvo la mirada a la pizarra. Están todos allí: El explorador, Herodoto, el astronauta...
Los he dibujado yo en la gigantesca viñeta que, con su color verdoso y llena de tiza, sonríe a mis espaldas.
miércoles 6 de abril de 2011
Esperanza Aguirre y los X-men
Suena cuando menos curiosa la última propuesta de la Comunidad de Madrid en materia de educación. De no ser porque resulta tan fantástico como los personajes de Stan Lee y Jack Kirby, la sola idea de que tanto la Presidenta de la Comunidad como alguno de sus consejeros se inspiren en la Xavier School for Giften Student produciría urticaria. Pero claro, teniendo en cuenta la cercanía de la última entrega cinematográfica de la saga (centrada como todos sabemos en los primeros años de la institución) y la conocida afición de algún compañero de partido por los cómics Marvel, todo es posible.
El caso es que se trata de una idea controvertida, no tanto porque desde mi punto de vista atenta contra la atención a la diversidad (uno de los pilares básicos de la ESO) como por su escenificación del giro copernicano que viene experimentando la teoría educacional en los últimos tiempos, máxime en la Comunitat Valenciana, Castilla León, etc. En dichas autonomías surge con fuerza un nuevo concepto, el de la Excelencia Académica (Altes Capacitats, lo llamamos por aquí) que en principio parece interesante (y muy vendible en los medios de comunicación), centrado en una serie de interrogantes: ¿Por qué no dotar a los alumnos más preparados de mejores medios que el resto? ¿Por qué no premiar su esfuerzo y dotarles de los mejores profesores y los programas más innovadores? ¿Por qué no? ¿Por qué no destacarlos para aislar su desarrollo de todas las problemáticas que atenazan a la educación? Y lo qué es más importante... ¿qué hacemos con el resto?
La última pregunta la planteo yo, claro.
Hemos de recordar que la Educación en España es un derecho constitucional. Es pública. Evidentemente la inmensa mayoría de los padres estarán encantados de recibir una llamada de la dirección territorial comentando lo bueno/a que es su hijo/a, lo orgullosos que deben estar de su trabajo. Es un estudiante estupendo, se esfuerza un montón, así que lo vamos a proponer para un grupo estudiantil de élites. Aquí es donde surgen los desencuentros. ¿Élite he dicho? ¿Acaso el chaval con deficiencias no se esfuerza como él? O lo que es peor.. ¿No merece la pena esforzarse con su caso? ¿Qué clase de sistema estamos defendiendo?
Digo yo que si alguien comenzase a glosar las problemáticas del actual Sistema Educativo Español de forma concienzuda, realizando un informe parlamentario serio y neutral, la solución propuesta para hacer frente al fracaso no pasaría por la segregación. Es evidente que nos encontramos en la cola de Europa en cuanto a dotación económica, que la fauna de los centros educativos es muy variopinta y que no existen respuestas unívocas a una crisis polimórfica.
Vamos apañados si nuestros políticos piensan que sus alumnos son mutantes superdotados, diferenciados del resto de la humanidad, pues demuestran que han leído los cómics de los X-men con poca amplitud de miras. Para empezar, este tipo de soluciones se alejan del sueño integrador propuesto por el profesor Xavier (un futuro donde todos coexistamos en paz) Quizás sea Magneto, y su Hermandad de Mutantes Diabólicos, quien les insufla la inspiración divina.
El caso es que se trata de una idea controvertida, no tanto porque desde mi punto de vista atenta contra la atención a la diversidad (uno de los pilares básicos de la ESO) como por su escenificación del giro copernicano que viene experimentando la teoría educacional en los últimos tiempos, máxime en la Comunitat Valenciana, Castilla León, etc. En dichas autonomías surge con fuerza un nuevo concepto, el de la Excelencia Académica (Altes Capacitats, lo llamamos por aquí) que en principio parece interesante (y muy vendible en los medios de comunicación), centrado en una serie de interrogantes: ¿Por qué no dotar a los alumnos más preparados de mejores medios que el resto? ¿Por qué no premiar su esfuerzo y dotarles de los mejores profesores y los programas más innovadores? ¿Por qué no? ¿Por qué no destacarlos para aislar su desarrollo de todas las problemáticas que atenazan a la educación? Y lo qué es más importante... ¿qué hacemos con el resto?
La última pregunta la planteo yo, claro.
Hemos de recordar que la Educación en España es un derecho constitucional. Es pública. Evidentemente la inmensa mayoría de los padres estarán encantados de recibir una llamada de la dirección territorial comentando lo bueno/a que es su hijo/a, lo orgullosos que deben estar de su trabajo. Es un estudiante estupendo, se esfuerza un montón, así que lo vamos a proponer para un grupo estudiantil de élites. Aquí es donde surgen los desencuentros. ¿Élite he dicho? ¿Acaso el chaval con deficiencias no se esfuerza como él? O lo que es peor.. ¿No merece la pena esforzarse con su caso? ¿Qué clase de sistema estamos defendiendo?
Digo yo que si alguien comenzase a glosar las problemáticas del actual Sistema Educativo Español de forma concienzuda, realizando un informe parlamentario serio y neutral, la solución propuesta para hacer frente al fracaso no pasaría por la segregación. Es evidente que nos encontramos en la cola de Europa en cuanto a dotación económica, que la fauna de los centros educativos es muy variopinta y que no existen respuestas unívocas a una crisis polimórfica.
Vamos apañados si nuestros políticos piensan que sus alumnos son mutantes superdotados, diferenciados del resto de la humanidad, pues demuestran que han leído los cómics de los X-men con poca amplitud de miras. Para empezar, este tipo de soluciones se alejan del sueño integrador propuesto por el profesor Xavier (un futuro donde todos coexistamos en paz) Quizás sea Magneto, y su Hermandad de Mutantes Diabólicos, quien les insufla la inspiración divina.
Babylon now!
Babylon 5, la famosísima e indispensable serie de Josep Michael Straczynki que estoy revisionando estos días desde su primera temporada despierta en mí sentimientos ambivalentes.
Recuerdo, por ejemplo, cómo forjó mi adolescencia a finales de los noventa, cuando me levantaba los sábados y los domingos para no perdérmela en TVE, cuando mi colega Dani y yo nos tiramos ahorrando casi dos meses para comprar la temporada cuatro en VHS y cascárnola entera en versión original. Era la primera vez que pedíamos algo por correo mediante catálogo y me sentí orgulloso de ello.
Sin embargo, otro recuerdo más cercano (y penoso) tuvo lugar en Onda el año pasado, cuando mi compañero Victor Alós me devolvió las susodichas cintas y me deshice de ellas porque hoy en día todo el mundo puede tener la serie original en algún disco duro. Desde el principio.
Quizás por este motivo (e influenciado por otro buen amigo que empezó a revisarla antes que yo) decidí tragármela entera aquí, en Torrevieja, como fondo de trabajo, cuando me coloco ante el ordenador y empiezo a escribir apuntes para clase, a preparar proyectos de cómic y a dibujar alguna que otra tira de En clase no se dibuja. La serie ha envejecido muy bien y volveremos a ella más adelante, pues incluye algunas interesantísimas tramas que se pueden aplicar muy bien a la educación, incluso a la educación en valores.
De hecho, creo que la calidad de la propuesta (que a mi entender comienza de forma timorata) va in crescendo. Al poco tiempo, cuando llevas unos cuantos episodios, te has enamorado de los personajes y le has perdonado su (aparente) ingenuidad (destacable en el uso de las infografías)
Babylon 5 requiere paciencia a priori, pero no tanta como se supone. Es toda una experiencia sumergirse en ese universo tan bien cincelado donde pululan los Centauri, los Narn, los Mimbari, los humanos y... ¡ah, si! los enigmáticos Vorlons, que siempre hablan con acertijos y no dejan indiferente a nadie.
Recuerdo, por ejemplo, cómo forjó mi adolescencia a finales de los noventa, cuando me levantaba los sábados y los domingos para no perdérmela en TVE, cuando mi colega Dani y yo nos tiramos ahorrando casi dos meses para comprar la temporada cuatro en VHS y cascárnola entera en versión original. Era la primera vez que pedíamos algo por correo mediante catálogo y me sentí orgulloso de ello.
Sin embargo, otro recuerdo más cercano (y penoso) tuvo lugar en Onda el año pasado, cuando mi compañero Victor Alós me devolvió las susodichas cintas y me deshice de ellas porque hoy en día todo el mundo puede tener la serie original en algún disco duro. Desde el principio.
Quizás por este motivo (e influenciado por otro buen amigo que empezó a revisarla antes que yo) decidí tragármela entera aquí, en Torrevieja, como fondo de trabajo, cuando me coloco ante el ordenador y empiezo a escribir apuntes para clase, a preparar proyectos de cómic y a dibujar alguna que otra tira de En clase no se dibuja. La serie ha envejecido muy bien y volveremos a ella más adelante, pues incluye algunas interesantísimas tramas que se pueden aplicar muy bien a la educación, incluso a la educación en valores.
De hecho, creo que la calidad de la propuesta (que a mi entender comienza de forma timorata) va in crescendo. Al poco tiempo, cuando llevas unos cuantos episodios, te has enamorado de los personajes y le has perdonado su (aparente) ingenuidad (destacable en el uso de las infografías)
Babylon 5 requiere paciencia a priori, pero no tanta como se supone. Es toda una experiencia sumergirse en ese universo tan bien cincelado donde pululan los Centauri, los Narn, los Mimbari, los humanos y... ¡ah, si! los enigmáticos Vorlons, que siempre hablan con acertijos y no dejan indiferente a nadie.
martes 5 de abril de 2011
La gran ilusión
Una de las pocas cosas positivas que tiene mi exilio es la gran cantidad de películas clásicas y series de televisión que estoy viendo. Las últimos episodios, las temporadas que me faltan por tragar, las asignaturas pendientes cinematográficas... y afortunados reencuentros (el caso que nos ocupa) como esta vitalista y soberbia película de Jean Renoir rodada en 1937 y terriblemente vigente, con toda su fuerza, hoy en día.
Es imposible resaltar algún fragmento aislado de su historia, pero como he leído por ahí, se trata de una de esas obras maestras indispensables para entender la historia del siglo XX. Desconozco si esto es así, sólo diré que en La gran ilusión se nos plantean cientos de temas, desde el ocaso de la aristocracia hasta el papel de los conflictos, grandes igualadores, dentro de una sociedad que todavía se busca a si misma.
En este sentido, el mensaje humanista propuesto por Renoir (que entronca con ese sentido de la vida y de la maravilla tan presente en los cuadros de su padre) resulta intemporal, fascinante.
De entre todos los personajes yo me quedo con el protagonizado por Jean Gabin y por ese genial secundario llamado Erich Von Stroheim, quien compone un capitán von Rauffenstein tan soberbio que quita el hipo, un villano lleno de matices, capaz de desdeñar la democracia, de sufrir múltiples heridas en innumerables contiendas y regar con esmero la única flor que queda en el campo de concentración que regenta.
En definitiva, una película muy recomendable para programar en Historia Contemporánea y demostrar a los alumnos que incluso sin special effects, color y acción por un tubo se puede hacer gran cine.
Es imposible resaltar algún fragmento aislado de su historia, pero como he leído por ahí, se trata de una de esas obras maestras indispensables para entender la historia del siglo XX. Desconozco si esto es así, sólo diré que en La gran ilusión se nos plantean cientos de temas, desde el ocaso de la aristocracia hasta el papel de los conflictos, grandes igualadores, dentro de una sociedad que todavía se busca a si misma.
En este sentido, el mensaje humanista propuesto por Renoir (que entronca con ese sentido de la vida y de la maravilla tan presente en los cuadros de su padre) resulta intemporal, fascinante.
De entre todos los personajes yo me quedo con el protagonizado por Jean Gabin y por ese genial secundario llamado Erich Von Stroheim, quien compone un capitán von Rauffenstein tan soberbio que quita el hipo, un villano lleno de matices, capaz de desdeñar la democracia, de sufrir múltiples heridas en innumerables contiendas y regar con esmero la única flor que queda en el campo de concentración que regenta.
En definitiva, una película muy recomendable para programar en Historia Contemporánea y demostrar a los alumnos que incluso sin special effects, color y acción por un tubo se puede hacer gran cine.
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