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viernes, 2 de octubre de 2009

Las propiedades taumatúrgicas del señor Camps


Los apestados de Jaffa. Antonie-Jean Gros, 1804. Museo del Louvre.

No deja de sorprender que con la que está cayendo esta semana -desde el punto de vista meteorológico y el político - al señor Francesc Camps le sobrase tiempo para visitar las inundaciones de Burriana en la oscuridad de la noche, con premeditación y alevosía.
No deja de sorprender que mientras la televisión autonómica glosaba las glorias y los parabienes de su plan anticrisis la mayoría de los valencianos estuviéramos pegados al televisor esperando otro tipo de información: la que estaban ofreciendo el resto de las cadenas de televisión generalistas, más acorde con las inclemencias del tiempo y de la gota fría que asoló el barrio desde donde escribo esto.
Y es que la visita sorpresa de Camps al "refugio habilitado por el ayuntamiento" con el fin de ofrecer soslayo a las víctimas del aluvión suena un tanto esperpéntica (máxime cuando ahí no había nadie, cuando aquello no era un hospital de campaña y no se podía disimular la verdadera naturaleza de un "Llar fallero" donde, más que afectados, sobresalía el séquito de figurantes que acompañan a los políticos en este tipo de actos)
Pues bien, las múltiples fotografías del "president" haciéndose cargo de la situación, observando con cara de estreñimiento el mapa topográfico de Burriana y manteniendo el tipo ante los cuentos del abuelo Cebolleta, digo... el concejal de marras, evocan a ese tipo de pintura romántica decimonónica (tan francesa y tan académica ella) como aquella que pintó Antonie-Jean Gros.
Existe tras Los apestados de Jaffa un hálito casi religioso que, dos siglos más tarde, sigue presente en nuestra sociedad: Del mismo modo que los súbditos franceses confiaban en sus monarcas la salud del reino evocando legendarias cualidades taumatúrgicas, el bueno de Gros presenta a un Napoleón que bien podría ser el mesías ante un grupo bien nutrido de parias. Nada ha cambiado desde entonces. Los políticos siguen apuntándose a cualquier bebé que llevarse a las manos, cualquier abuelete de lágrima fácil, cualquier oportunidad para demostrar un populismo que les sale de forma natural y del que reniegan a la primera de cambio.
En este sentido, el angelical porte de nuestro "president", con pantalón de pinzas y en manga de camisa, bien peinado y echando toda la carne en el asador, no debería resultarnos sorprendente: todos hacen lo mismo, pero... ¿dónde se quedan los focos y las fotografías cuando vuelven a subirse en el helicóptero?