
Si los dibujantes de cómics en el franquismo (y transición, ojo, que los tejemanejes de Bruguera y compañía alcanzaron hasta bien entrados los ochenta) lo tenían francamente mal, si hubo editores que se forraron (no se me ocurre otra palabra más adecuada) a costa del trabajo de otros, la buena de Purita tuvo que bregar contra esto y, además, se le pusieron las cosas muy difíciles porque era mujer.
Pero desde mi punto de vista, ese trazo esquisito, esa estética preciosa que destilan sus viñetas, ha servido de inspiración a cientos de autores que han venido después, incluso desde el mundo de la ilustración y la publicidad pura y dura.
Escuchando: Let me go - CAKE




